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Pretérito imperfecto

Uno de los muchos atractivos de Pretérito imperfecto son sus cartas, que nos acompañan a lo largo de toda la novela y que forman parte del alma de la obra. Escritas con ternura, con pasión, con una sensibilidad que las llevan a convertirse en pura prosa poética.

Aquí tenéis un ejemplo de ello.

 

“Tengo un sueño que se me repite una y otra vez. En él, somos como hojarasca zarandeada por el viento, ingrávidos, arrastrados de un sitio a otro, sin dirección, sin pertenecer a ningún lugar, salvo aquel en que el capricho del destino nos quiera depositar, como títeres que inermes, sólo pudieran aceptar la voluntad de la mano que maneja los hilos, incapaces de tomar sus propias decisiones.

            Cierro los ojos, y tu imagen toma forma, como si se dibujara en relieve sobre la arena del desierto que atravesamos, y que nos llevará a ninguna parte. Estiro mi mano abierta, en un desesperado intento de tocarte con las yemas de mis dedos, y cuando estoy a punto de lograrlo, una nueva ráfaga de aire borra, te borra, llevándose consigo el único anhelo que me sostiene, que me empuja a estar vivo. Caigo de rodillas, y mis lágrimas comienzan a mojar la tierra donde segundos antes estaba tu rostro, y quisiera inundar del mar salado que escapa de mis ojos este desierto para ahogarme en él. Con mis manos aferro, te aferro, dos puñados de arena, intentando atraparte, pero no puedo retenerla, resbala, como si de un reloj se tratara, buscando con su caída libre la unión con el mar seco al que pertenece, y la angustia me atenaza, oprimiendo mi pecho.

            Entonces me levanto y comienzo a correr gritando tu nombre. Corro hacia ninguna parte, hasta que mis piernas no pueden sostenerme más, y caigo, y es de nuevo la misma arena que ahora, se niega a devolverme tu presencia. Miro a mi alrededor, y aunque me faltan las fuerzas, estoy seguro de no haber avanzado ni un solo metro. Y la tierra me engulle, como si quisiera tragarme, y pienso que tal vez eres tú que me reclamas. Primero mis pies, mis piernas, el resto de mi cuerpo, hasta que no queda de mí más que la cabeza. Y poco a poco desaparezco...

            Despierto de ese sueño que se me repite empapado en sudor. Invariablemente, las primeras luces del alba comienzan a despuntar sobre el horizonte, con el alumbramiento de un nuevo amanecer, acaso el último. Tardo unos segundos en recordar quien soy, donde estoy, que hago aquí. Pero son sólo unos instantes de tregua, enseguida, la realidad me golpea con aplastante brutalidad, y el frío de tu ausencia congela mi pecho. Y pienso, te pienso, y sólo me queda la duda incierta de no saber, la incertidumbre me mata y me salva al mismo tiempo.

            Sombras traicioneras planean a mi alrededor devolviéndome la angustia de tragedias recordadas, como si el olvido me estuviese permitido, pobre de mí. La tristeza y la soledad anidan en mi alma, mientras ríos incontenibles desbordan los cauces de mi mirada, y plagas de termitas me corroen por dentro consumiéndome, haciéndome sentir tan vacío como aquel árbol caído que nada podía hacer para luchar contra su destino.

            Es en estos momentos cuando necesitaría creer en un Dios, abandonarme en sus manos sabiendo que en su bondad infinita no permitiría que nada malo sucediera. Pero no, mi lucha con él hace demasiado tiempo que terminó, ambos perdimos en aquella batalla, y los dos lo sabemos bien. Ahora me siento abrumado, solo, vacío.

            Quisiera volar lejos de la tristeza que hoy sale a mi encuentro, danzando por los márgenes de la irrealidad. Quisiera volver el tiempo atrás, a ese momento en que los sueños volaban libres, sin ataduras, sin pesadas cargas sobre sus alas que los hicieran caer bruscamente al suelo, a una realidad que duele tanto. Volar, quisiera dejar mi corazón volar, traspasar las fronteras de un espacio terrenal que me asfixia, y dejarlo atravesar esos tupidos bosques que hoy empañan mi mirada. Quisiera escaparme de esta triste condición de ser humano que me limita, que me obliga a aceptar las cosas tal como son, y tener el poder de hacerlas como yo quisiera.

            Quisiera que las cuencas de mis ojos se secaran, para que estas lágrimas suicidas no siguieran perdiéndose en el vacío. ¿Por qué es tan triste el hoy? ¿Por qué me abruma la sensación de que la tristeza durará siempre?¿Para qué tantas vidas desperdiciadas? Quisiera poder librarme de este dolor que me abrasa por dentro, que corroe mi corazón y todo mi ser. O al menos, ser capaz de no sentir, que la insensibilidad se apoderara de mi alma y el olvido de mi mente, resguardarme en algún lugar a salvo de los sentimientos, en una isla donde no sentir fuera el único pasaporte. O dormir, quisiera dormir eternamente y perder la capacidad de soñar, la capacidad de recordar, porque los recuerdos se me clavan como cuchillas, como espadas ávidas de mi sangre. Quisiera rendirme ante el silencio que se produce cuando las palabras quedan flotando en el aire, cuando todo sobra. Quisiera reconocer ese rostro atrapado en el espejo que me devuelve una mirada vacía, mientras intento reconstruir un rostro que ya no existe, inventar una historia que me salve del dolor de estar vivo. Quisiera tantas cosas, pero una vez más el sol vuelve a salir y la tristeza sigue aquí, como mi más fiel compañera. Quisiera asesinar el pensamiento.

            Quisiera acabar con todo de una vez. Llevo el dedo al gatillo de mi mosquetón y lo apoyo contra mi sien. Es tan fácil, sólo tengo que apretar ligeramente, desplazar el percutor esos escasos centímetros que marcan la frontera entre la vida y la muerte, una muerte liberadora. Alguien encontrará estas líneas manchadas de sangre, puede que aún entre mis dedos, o tal vez se perderán en el olvido para siempre. Es un pensamiento seductor, pero me fallan las fuerzas, o quizás no logro reunir el valor suficiente. Pero mañana volverá ese sueño, acudirá puntual a su cita, como cada noche, tal vez sea la parca, que me reclama, que viene a provocarme cuando las sombras desplazan a las luces, esperando que cualquier amanecer reúna el valor suficiente, o mi dedo cobre vida propia para acabar con todo. Lo que no sabe es que esa será mi victoria, no sabe el pobre premio que se llevará, porque sólo soy un despojo de lo que un día fui.”

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